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La Casona Elexalde

Andante, historia y variaciones poblanas en tres movimientos. Tres movimientos musicales paralelos, tres personajes: la Casona Elexalde, la ciudad de Puebla de los Ángeles y la Música Universal a través de la historia de los grandes compositores. Escrito por Diana Sierralta Quevedo, este relato histórico novelado narra quinientos años de música sacra y profana, historias de amor, ritos y mitos, ensoñaciones, colores y texturas, danza y poesía.

La Historia


El lector encontrará delgadas plecas de color turquesa de manera deliberada en este relato. Cuando aparezcan significa que se está narrando sobre la historia de la Casona en la cual se aloja el Hotel Andante.

Corría el año de 1532 cuando, mediante Cédula Real, la reina de España, doña Isabel de Portugal, esposa de Carlos V y nuera de la difunta Isabel la Católica, disponía: 

“... han poblado de cristianos españoles un pueblo que se dice la Puebla de los Ángeles, que es entre Cholula y Tlaxcala. Por ende, por la voluntad que el Emperador, mi señor, y Yo, que el dicho Pueblo se ennoblezca y aumente y otros se animen a vivir en él, es nuestra merced y voluntad que de aquí en adelante se llame e intitule Ciudad de los Ángeles”. 

Al parecer las razones eran varias: una era crear un puente seguro entre el puerto de Veracruz y Tenochtitlán; la otra, darle tierras propias a los españoles que no habían alcanzado a obtener encomiendas.

Como quiera que sea, la leyenda, que es siempre razón favorita en las historias de los pueblos mágicos, cuenta que la ciudad fue trazada en el sueño de Julián Garcés, un fraile franciscano que vió descender del cielo unos ángeles con hilos de oro en las manos. La fundación se llevó a cabo en el valle de Cuetlaxcoapan que significa “donde las serpientes cambian de piel”. Tierra codiciada por tres pueblos indígenas, vecina de dos macro civilizaciones extintas, alimentada por tres ríos, sombreada luego por los campanarios más altos de la América virreinal, y protegida eternamente por los ángeles. Al acontecimiento inaugural concurrieron treinta y tres hombres, una viuda, y algunos monjes franciscanos.

Algunas nuevas lecturas aseguran que la fundación de la “Ciudad de los Ángeles” obedece a una visión de San Juan narrada en el Apocalipsis: la ciudad celestial. Esa utopía es una especie de listón de oro que une ciudades como Jerusalén, Roma y Puebla. Y explicaría el esmero que pusieron los fundadores en crear una de las ciudades más bellas de la colonia española y, probablemente, del mundo.

Esta, nuestra ciudad, denominada con un nombre provisional que la terca usanza de sus pobladores convirtió en definitivo, aparece en el horizonte custodiada por cuatro volcanes. El enamorado guerrero Popocatépetl que vela, antorcha en mano, el sueño eterno de la princesa Iztaccíhuatl; amantes que un día conocieron la piel y cuyo amor truncó la guerra. La hábil transmutadora Malintzin: princesa, esclava, y amante del hombre más poderoso de la Conquista de México. Y el Citlaltépetl, poderoso ilusionista, que todo lo cubre con su niebla azul.

Su escudo de armas representa una ciudad con cinco torres de oro en un campo verde atravesado por un río. A cada lado, dos ángeles vestidos de blanco, púrpura y oro, cuya misión divina es la de cuidarla en todos sus caminos. El escudo fue aprobado y firmado en 1538 por la misma reina fundadora.

Consolidar la fundación de la ciudad le tomaría a españoles, franciscanos, dominicos y agustinos más de cinco lustros y un cambio de ubicación. Quizás el aliciente de no pagar impuestos durante los siguientes treinta años haya sido lo que atrajo a los primeros pobladores. O tal vez fue la sensación de libertad e igualdad que ofrecía la utopía angelopolitana lo que haya hecho la magia de atraerlos.

A la nueva ciudad llegaría más tarde Juan Ochoa de Elexalde, amigo y compañero de peripecias del extremeño Hernán Cortés. De origen vasco, fue proveedor de caballos y de otros servicios a la Corona española durante los años iniciales de la Conquista. En pago de ello, Juan Ochoa obtuvo carta de vecindad de la ciudad en 1538, nombramiento de alcalde en 1546 y una casona virreinal —hoy Hotel Andante— que colindaba con las antiguas casas del Ayuntamiento.

El particular entrelazado de nuestra historia nos lleva de la mano de uno a otro continente. Así vamos y venimos de Puebla, o de Europa, cual aventureros andantes; con la música como amante y compañera inseparable y todos los sentidos convocados. El intelecto en la maleta y nuestra humanidad como única brújula. Veremos surgir paradojas, causalidades e ironías en todos los eventos y aconteceres. La complicidad entre la música, el Andante y la ciudad, será una caricia para nuestro espíritu mientras el cansancio de viajeros nos arrulla.

Durante los siguientes años se fundarían y construirían muchas cosas en Puebla: colegios, iglesias y capillas. El auspicio de agustinos, dominicos y jesuitas decoró la ciudad con imágenes de la virgen de los Remedios y de la Inmaculada Concepción. Se establecía así, claramente, la vocación de la ciudad como una urbe dedicada a exaltar la fe católica.

Al mismo tiempo, Europa buscaba la manera de adaptarse a los nuevos y protestantes tiempos sin perder la fe. En 1555, un músico italiano llamado Giovanni da Palestrina encontraría un sendero expresivo que al mismo tiempo que satisfacía las directrices del Concilio de Trento, le permitió usar líneas melódicas, gráciles y elegantes que contribuían a la comprensión de los textos bíblicos sin perder la sofisticación de la polifonía. Palestrina logró con sus composiciones lo que parecía imposible, el equilibrio entre lo profano y lo divino.

En búsqueda de esa armonía estaba también nuestra ciudad que, en esa época, mostraba en cada esquina la mezcla de lo sacro y lo mundano. En 1560, la cerámica proveniente de la población española Talavera de la Reina, hija del arte islámico, estaba olvidando su origen ibérico y dominico para volverse poblana con el corazón al fuego.

La Compañía de Jesús fundó, en 1578, el Colegio del Espíritu Santo —que después se conocería como edificio Carolino —a sólo cuatro cuadras de nuestra casona que, ese mismo año, estrenaba número de ubicación y calle con nombre: casa No. de la Calle de los Mercaderes— actual avenida norte.

En 1606 muere don Juan y queda como propietario su hermano, don Baltazar Ochoa de Elexalde, quien era procurador de la ciudad, puesto de gran honor y prestigio.

A veces, en los relatos que tienen que ver con la inspiración, hay hilos conductores no tan obvios como la hebra de oro del ovillo de la de Monteverdi. Hilos que van enlazando un evento con otro, como una especie de guía en el laberinto del hombre y su psique. Hilos que marcan un antes y un después. Así, lo que ocurre a partir de tiene de todo eso, ya que empezaría a perfilarse con más fuerza un después artístico que nuestros sentidos reconocen como “Barroco”.
En sus inicios, el Barroco musical transita con la suavidad sin rupturas de un listón en cuya punta vibra la diatriba entre la armonía y la palabra de Monteverdi —al final del Renacimiento—, continúa con el refinamiento y moderación de Corelli y termina en su etapa temprana con la juvenil genialidad de Purcell.
El Barroco, al igual que nuestra ciudad, apenas empezaba a “temperarse” en búsqueda de su madurez. Así, en llegaba el obispo y luego virrey de la Nueva España, Juan de Palafox y Mendoza, quien contribuiría como pocos a perfilar la identidad de Puebla como semillero de cultura y conocimiento. Muestra de ello es la fundación de la primera imprenta en Puebla, segunda de México y tercera de la América española.

Biblioteca Palafoxiana


De nuevo, gracias a Palafox quien donaría más de cinco mil libros, se fundaría en 1646 la Biblioteca Palafoxiana, primera biblioteca pública de América, declarada en 2005 como Memoria del Mundo por la UNESCO.

La Catedral de Puebla


No todo fue armonía para Palafox en Puebla. En 1647 su conflicto con los jesuitas alcanzaba su punto más violento; por primera vez, manifestaciones callejeras trastornaron la tranquilidad de la ciudad. Este enfrentamiento no impidió que, con toda pompa y la presencia de personajes eclesiásticos, Palafox consagrara la catedral en 1649. El recinto se dedicó a Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción; la ciudad bullía de actividad y euforia para dar la bienvenida a los personajes llegados desde todos los rincones de la Nueva España.

Nadie presenció cuando los ángeles subieron en la noche las pesadísimas campanas de la iglesia catedral. Lo cierto es que en la mañana ya estaban en su puesto y ningún humano reconoció haberlas subido; quizás el rocío de la mañana borró el rastro de polvo dorado que suelen dejar los ángeles cuando baten sus alas sobre el lugar donde llevan a cabo prodigios.

Como es frecuente en la historia, y bien sabido por Vivaldi, quien nació justo después del terremoto de Venecia en 1678 y fue bautizado dice la leyenda días más tarde debido al desorden en la ciudad, después de la agitación sobreviene la calma. Durante los siguientes años, Puebla vería desfilar pacíficamente obispos y virreyes.

También vería crecer el número de conventos, colegios y hospitales, mejorar su actividad agrícola, tanto así que para 1680 ya tenía alhóndiga de maíz y de trigo. Se trabajaba con maestría la talavera, se curtía el cuero con esmero, se tejía la lana y se vendía el cerdo con profusión. Actividad esta última que haría famoso el dicho: “cuatro cosas come el poblano: cerdo, cochino, puerco y marrano”.

En 1681, nuestra casona, que ya era propiedad de los agustinos que la adquirieron de la familia Ochoa de Elexalde en algún momento entre 1633 y 1653, fue vendida a don Pedro de Balcácer, caballero con fama de persona pudiente y de recursos. La casa estaba en evidente peligro de derrumbe y de traerse consigo las dos casas contiguas; sus vigas apolilladas denunciaban la antigüedad de la construcción.

Ahora es necesario hacer un viaje: Europa, 1685. En este año nacían Scarlatti en Italia; Händel y Johann S. Bach en Alemania. Bach, quien vivió su infancia arrullado por toda una parentela de músicos, nos regalaría las Variaciones Goldberg. Durante los siguientes años Vivaldi, Scarlatti, Händel y Bach, cada uno en algún lugar de Europa, harían la valiosa pasantía de la niñez. Una etapa de la vida a la que una parte de sus espíritus estaría siempre conectada a través de la creatividad.

En Puebla, el tiempo inexorable que había atacado las primeras cimentaciones de nuestra casona, marcaba el fin de la existencia de uno de sus más célebres personajes. En 1688, en la víspera de los Santos Reyes, moría la “China poblana”, llamada Mirrha al nacer y bautizada por los jesuitas como Catarina de San Juan. Pese a no ser ni china ni poblana, sino una hermosa princesa de la India convertida en esclava, viuda virgen, monja sin votos, católica, pobre y devota, fue enterrada en la sacristía de la iglesia de la Compañía de Jesús.

Capilla del Rosario


Como una perla escondida en su ostra, se construyó la capilla del Rosario dentro de la iglesia de los dominicos. El propósito de la edificación era inculcar en los fieles el rezo del santo rosario, pero sus constructores no pudieron prever la majestuosidad de lo que lograrían. La capilla iría mucho más allá de su cúpula adornada con las siete virtudes teologales y dieciséis santas católicas; desde su consagración y apertura en 1691 se considera como la octava maravilla del mundo.

En Europa un indeciso Bach jugaba a ratos a “contrapuntear” entre la profundidad intelectual, la perfección técnica o la belleza artística que emanaba de su genio. De ese ir y venir armónico y fructífero nacerían Jesús, alegría de los hombres y los Conciertos de Brandeburgo. Vivaldi, que bien sabía que después de La tempestad del mar viene la calma, con la excusa de pasearnos como El jardinero bajo el sol brillante del verano o la tierra fresca de la primavera bañada con el rocío de La noche, descubrió que todos los instrumentos pueden convivir juntos en una melodía sin protagonistas. Descubrió que toda la orquesta al unísono puede servir de relieve al instrumento que por momentos se erige como solista.

Antes de que Haydn nazca y tenga edad suficiente para llevarnos al París o al Londres de sus sinfonías, retomemos la punta del listón que conduce a Puebla. Veamos, desde el cerro de Belén, a nuestra ciudad que saluda al nuevo siglo con una población de 68 mil habitantes, un nuevo colegio jesuita y dos nuevos puentes: uno sobre el río Atoyac; el otro, el aún existente Puente de México.

En 1714 inauguraban el edificio de la Audiencia —donde hoy se levanta el Palacio Municipal. La construcción que existía originalmente carecía de lucimiento y comodidad, y contrastaba con las aspiraciones de los angelopolitanos que para aquel entonces veían elevarse la torre sur de la Catedral.

En los tratos de vida y muerte a Puebla no le iba bien; en 1737 fue azotada por una peste precolombina llamada matlazahuatl, más feroz y mortal que las enfermedades traídas por los españoles. La epidemia, que afectó principalmente a la población indígena, atacaba dos años después de fuertes lluvias y sólo en ciudades de altitud. Produjo muchas muertes y el abandono de las zonas de cultivo, lo que a su vez ocasionó terribles hambrunas en todas las ciudades de la Nueva España, siendo Puebla una de las más afectadas.

A pesar de todo, la vida seguía y las monjas dominicas construían el convento de Santa Rosa y la Compañía de Jesús fundaba el colegio de San Javier para misioneros indígenas. Se registraban cuarenta y ocho cofradías y, en 1760, se inauguraba el Teatro Principal, el teatro más antiguo del continente, con el nombre de “Corral de Comedias”.

En los años de 1758, 1763 y 1764, el capitán don Santiago de Barquiarena adquirió de don Pascual de la Mata su parte de la casona, y de los agustinos la porción que aún era propiedad de la orden. Así, la totalidad de la casona pasaba a ser propiedad exclusiva de don Santiago, quien la reedifica y además le introduce tubería subterránea, luego de peticionar el derecho a agua ante el Ayuntamiento de la ciudad.

Así, la antigua casa de Juan Ochoa de Elexalde tuvo una remodelación completa durante el siglo XVIII hasta quedar como la vemos en nuestros días. De acuerdo con las costumbres de la época la planta baja se rentaba para negocios; en el segundo piso —llamado “entrepiso” y de altura menor a los otros—, se alojaban la servidumbre y los invitados; y en el tercer nivel habitaban los dueños. Es posible que, como consecuencia de esa remodelación, actualmente la entrada principal se abra a la calle 2 oriente.

En 1767 los jesuitas fueron expulsados de todos los territorios de la Corona española; debido a esto, todos los templos, conventos y edificaciones que les pertenecían pasaron a manos del gobierno o de otras órdenes religiosas que los usaron de acuerdo con su criterio. En consecuencia, el panorama educativo y religioso de la ciudad se modificó. En 1813, cuando la orden pudo regresar a la Nueva España, las colonias estaban en pleno proceso de independencia.

En este punto del relato, la historia está a punto de regalarnos algunas de esas causalidades que genera la fortuna: Haydn y Mozart. Ambos austriacos, el primero nació en 1732; el segundo, en 1756. Haydn fue mentor de Mozart. Y Mozart, fuente de exuberante genialidad para Haydn. Uno muere de manera abrupta y el otro sumamente longevo. Cada quien, a su modo, propicia con su talento y moldea con su magia a quien habría de nacer en 1770: Beethoven. El primero, siendo su maestro; el segundo, como su confesada inspiración.

Como si supiera de antemano que su tiempo era escaso, Mozart aprovecharía la experiencia de otros músicos y alcanzaría muy tempranamente una madurez que abarcó desde la luz y la elegancia, a la oscuridad y la pasión. Su obra nos entrega una humanidad redimida por el arte y reconciliada con la naturaleza y lo absoluto. Entre 1782 y 1791, Europa escucha de Mozart, cual Sherezada, historias de ensueño y encanto en El rapto en el serrallo, la tragicomedia en Las bodas de Fígaro, el drama gracioso de un disoluto castigado en Don Giovanni, o una ópera mítica y maravillosa en La flauta mágica. Poco después de esta luminosa exhibición de talento y alegría, Mozart muere a la edad de treinta y cinco años.

A otro ritmo completamente diferente, como si Haydn supiera que iba a tener tiempo para sentirse cansado y viejo, a partir de los cincuenta y tres años viviría su periodo más prolífico. Compondría entonces las Sinfonías de París y Londres. Despediría el viejo siglo con La creación y saludaría al nuevo con Las estaciones; tomándose su tiempo, en ambas obras, para abordar temas de peso como el significado de la vida y el objetivo de la humanidad. Temas que representaban su personal intento de integrar lo sublime a la música.

A poco más de 250 años de la fundación de la ciudad, los angelopolitanos se habían acostumbrado a la bonanza material, a calles empedradas, adoquinadas, y con faroles que las iluminaban, a los teatros, colegios y hermosas iglesias. Pero además tenían algo sólo visto en los cuentos de hadas: una apetitosa casa comestible.

Casa del Alfeñique


Cuenta la leyenda que una doncella le puso a su novio, como condición para casarse con él, que le regalara una casa de dulce. El amor que sentía por ella lo llevó a ordenar la construcción de una bella casa con ricos decorados barrocos de argamasa blanca en su fachada, que hacían alusión a unos dulces llamados alfeñiques —de pasta de azúcar y almendras. Puebla tendría de esta manera, en 1790, su Casa de Alfeñique.

A pesar de tanta tranquilidad, la naturaleza reclamó su momento de protagonismo: la región fue azotada por una terrible helada que destrozó los cultivos convirtiendo la comida en un bien preciado. Un incendio destruyó todos los puestos de la Plaza Mayor y dejó a los comerciantes sin lugar donde vender sus mercancías. Una mortal epidemia de viruela asoló la ciudad. El final de siglo provocaba poco optimismo: el conteo de habitantes de la ciudad era de sólo 56 mil 900 almas; 11 mil menos que cien años atrás.

El fin de siglo fue propicio para invocar la protección de los antiguos dioses, desenterrados y expuestos en 1790 con motivo de las obras en la Plaza Mayor —hoy zócalo— de la Ciudad de México. Una deidad encontrada por azar fue Coatlicue, diosa de la fertilidad, mujer, luna y noche, llamada también Tonantzin, y venerada por los indígenas como la madre de todos en el cerro del Tepeyac, desde mucho antes de la llegada de Hernán Cortés, en 1519 y su devoción guadalupana.

Pocos años después, en 1797, nacía el melancólico Schubert quien, en medio de su locura romántica y de su apuro por vivir con rapidez una vida corta, se convertiría en el creador del más famoso saludo musical a la Virgen. Una armonía que, con su majestuosidad, lograría que Tonantzin, Guadalupe, y todas las advocaciones veneradas en cualquier esquina del mundo, se unieran en la misma María, madre de todos.

Las leyendas suelen unir mujer, noche y luna, en una triada simbólica que nos narra un hecho inusitado. A veces esa tríada se une también para contarnos la historia de una sonata. Esta leyenda coloca a Beethoven caminando por una calle de Bonn. El genial compositor, al buscar el origen de una música que ha escuchado, llega hasta la humilde casa de una niña que la ejecuta al piano. Notando que la pequeña es ciega, él quiere saber cómo ha aprendido a tocar. Ella le responde que lo ha hecho oyendo a una vecina interpretar la música de Beethoven. Cuando él a su vez emprende una melodía, la niña llora de emoción al reconocerlo. Él ofrece entonces tocar algo para ella, pero viendo la luz de la luna atravesar la estancia, decide componer la Sonata a la luz de la luna. De aquel instante surgió, en 1801, este triste y hermoso movimiento.

Se inicia el siglo XIX, y los siguientes años pueden ser definidos como herederos de la Ilustración, tiempos de cambio vertiginoso en el mundo entero. Nuestra casona no es la excepción; cambia de manos con rapidez porque ya se advertía quizá la drástica transformación que se avecinaba en la Nueva España. Cuando muere su propietario, el capitán don Santiago de Barquiarena quien no dejó herederos, la adquiere en 1801 por remate don Joaquín González de la Borbolla. Doce años más tarde, en 1813, la vende a doña Josefa Núñez de Villavicencio.

En Europa, Napoleón Bonaparte, que escribe su historia personal y la de Francia, creaba la nueva sociedad con su Código Napoleónico de 1804. Beethoven, su admirador, comenzó a componer en 1802 su Heroica. Sin embargo, la auto coronación de Napoleón decepcionó tanto a Beethoven que retiró la dedicatoria y colocó como subtítulo: Sinfonía heroica, compuesta para festejar el recuerdo de un gran hombre.

Francia, más cercana a la guerra que a su utopía de igualdad, invadía España en 1808. Preso el rey en Bayona, y sin directrices el virrey en México-Tenochtitlan, la situación sería aprovechada por los independentistas que en Chilpancingo, no muy lejos de nuestra ciudad, convocarían al “Primer Congreso del Anáhuac” en 1813. Es la primera vez que estas tierras de nopal, serpiente y lagos, son llamadas de manera diferente a virreinato de la Nueva España.

La posteridad es una especie de Olimpo y cada quien encuentra su particular manera de llegar. Algunos lo hacen a través de años de peregrinaje, buscando armonías poéticas y religiosas al desentrañar la vida con pasión, rozando la vocación religiosa o danzando cual gitanos de un lugar a otro en una rapsodia de amor y fama. Liszt fue uno de esos románticos que tocó y tocó el piano, caminó y caminó de Weimar a Budapest, y de ahí a Roma, y de nuevo a Weimar, hasta que sus piernas se cansaron. Fue el primer músico de la historia que encarnó en sí mismo una especie de rockstar, filántropo activo y monje franciscano; creíble o no, todo en una sola vida.

Hay otro tipo de romántico. El que no vive deprisa pero sí intensamente y un poco en susurro; el que lleva de musa y compañera la nostalgia por su Polonia lejana que sólo la mitad de su corazón volverá a ver; el de los amores perdidos pero no olvidados, y la devoción por una mujer con nombre de varón. Ése fue Chopin, amigo de tocar para pocos con el objeto de que pudieran apreciar la sutileza de su música. El primero en escribir baladas y el reinventor del estudio. Su voluntad silente nunca nombró una obra más allá de su género y número, dejando cualquier asociación al que la escuchara.

La obra de Wagner, nacido en 1813, sintetiza el componente poético, visual y dramático del arte. Su particular concepción se materializa en El Anillo de los Nibelungos, obra que logra hilvanar en una historia compleja los más hermosos y profundos símbolos de la mitología escandinava, antes de que fueran maquillados por el Cristianismo.

El Anillo de los Nibelungos, es una especie de manual para entender la naturaleza humana. La codicia del hombre por el oro y el poder, representados en un anillo todopoderoso y un casco de invisibilidad y transmutación, un padre autoritario que negocia libertad a cambio de castillos con gigantes furiosos, pero osando no querer nada a cambio, que divide para vencer y que castiga la desobediencia de hijos y ajenos.

El hombre que huye de su destino, pero que igual es alcanzado por éste a través de una espada que sólo puede ser removida por su mano pero impulsada por el amor, una valquiria hija amada que desafiando al padre por proteger al débil salva al elegido y es condenada a dormir eternamente guardada dentro de un aro de fuego.

Pese a que el mundo, tal como lo conocía la humanidad, cambiaba todos los días, la gente seguía viviendo, casándose, y cocinando. Los niños jugaban y crecían; los jóvenes se unían en matrimonio; y las cocinas seguían llenándose de aromas, guisos humildes o elegantes, platillos hijos de la creatividad, de la cotidianidad o del azar, eso nunca se sabrá.

Música y comida suelen entrelazarse como los finos bordados que usaban las jóvenes cuando iban a desposarse con Jesús y desfilaban en procesión por Puebla como “novias coronadas”. Un enlace es eso, dos “diferentes” que se unen para complementarse en la armonía; sólo entonces se percibe lo mejor de cada ingrediente. Los chiles en nogada evocan un matrimonio perfecto entre lo español y lo indígena: el chile precolombino, el sabor del cerdo llegado ibérico y adoptado poblano, la nuez de Castilla recién cosechada. Si este ilustre casorio de dos culturas se ambientara con música, debería ser una melodía que evocara el gozo de las mónicas cocineras que quizás alguna vez desfilaron como novias coronadas. Algo como la Marcha nupcial compuesta en 1825 por Mendelssohn, inspirada en una noche veraniega de ensueño shakesperiano, a lo mejor de finales de agosto, con hadas, amantes apasionados y un banquete nupcial que, si hubiera sido en Puebla, seguramente hubiera tenido a éste como su platillo principal.

Chiles en Nogada


Los chiles en nogada no sólo fueron un gesto de cortesía culinaria ante la visita del general Iturbide y su ejército victorioso, sino uno de los primeros ejercicios de Puebla, en el negocio de encantar al paladar y atender al huésped, ya que aparte de alimentar a los viajeros había comenzado a hospedarlos desde el siglo XVI, si bien es en el siglo XIX cuando los antiguos mesones adquieren una relevancia particular.

Para que los pasajeros disfrutaran de un albergue cómodo y seguro mientras las diligencias eran reparadas, se empezaron a establecer las primeras “casas de diligencias”, y se abrió el Hostal de las Diligencias ubicado en la Calle de los Mesones, esquina con la de Anzures —hoy 8 oriente y 4 norte. Éste es uno de los primeros antecedentes hoteleros de la ciudad, con la particularidad que no se le llamó “mesón”, como a todos los establecimientos de la época, sino “hostal”.

A través de nuestro relato hemos visto cómo la música calmó al Concilio de Trento, proporcionar lecciones de naturaleza a través del suave discurrir de Las estaciones, maravillarnos ante la magia de la creación divina, mostrarnos el desencanto del hombre ante el ideal del héroe, encontrar la armonía a través de años de peregrinaje o de reclusión discreta.

En búsqueda de la conexión entre música y cuerpo, en 1825 la musa de la danza encontró a Strauss en Austria y lo inspiró para que, cuando creciera, hiciera del baile del hombre común un vals digno de la corte de los Habsburgo, y de allí a la universalidad. Strauss fue admirado por Wagner y por Brahms quien lamentaba públicamente no ser el compositor del vals con el cual los austriacos despiden el año que termina y saludan el que empieza, el famoso Danubio Azul.

Considerado como la tercera “B”, junto a Bach y Beethoven, el amigo de Strauss, Brahms, fue tradicionalista e innovador al mismo tiempo. Su música está firmemente asentada en las estructuras y técnicas de composición barroca y clásica. Brahms trató de honrar la pureza creativa de sus predecesores y llevarla al idioma romántico, creando en el proceso valientes enfoques de armonía y melodía, su trabajo fue el punto de inicio e inspiración para una nueva generación de compositores. Y a pesar de tener en su visión musical tanta profundidad intelectual, también nos arrulla con la ternura de su Canción de cuna, la cual probablemente hemos tarareado distraídamente sin sospechar que la compuso el mismísimo Brahms.

De 1828 a 1849, a semejanza de Brahms, nuestra casona ya unificada se mantuvo firme en sus bases, aunque cambió de propietarios con cierta rapidez. Al fallecimiento de doña Josefa Núñez de Villavicencio su hija, doña María Josefa Meana de Sela, se convierte en su dueña. En 1849, don Andrés Sela y Meana la hereda de su madre y la vende a doña Clara y don Francisco Campero.

En 1835 Puebla seguía recuperándose de los destrozos de la Guerra de Independencia. Y un poco como Brahms, que honraba lo tradicional pero le imprimía un toque de modernidad, la ciudad respondía a los nuevos retos comerciales de la época. A orillas del río Atoyac, en el viejo Molino de Santo Domingo, el empresario Esteban de Antuñano establece la primera fábrica textil mecanizada del país, La Constancia Mexicana. La construcción aún se encuentra en pie, rescatada y mejorada, y es sede de un sistema de orquestas juveniles.

Tchaikovsky encontró en un cuento infantil —la historia del patito feo que se convierte en un cisne blanco de alas esplendorosas— la inspiración para crear el Lago de los cisnes. Pero su historia personal no termina cuando logra desplegar sus alas en la corte de la Rusia Imperial; Tchaikovsky recibió los más altos reconocimientos, invitó a los mejores músicos de Europa a tocar en su país, y viajó por el mundo conduciendo las mejores orquestas.

Uno de los invitados de Tchaikovsky para dirigir en Moscú, fue su amigo Dvorak, admirador de Brahms y admirado por éste. La afinidad entre Dvorak y Brahms se refleja en su obra. Y es que, vistos a la distancia, ambos compositores comparten la característica de los visionarios, la capacidad de ver posibilidades donde nadie las ha visto antes.

El estilo de Dvorak ha sido descrito como la más rica recreación de un idioma nacional mezclado con la tradición sinfónica. Cuando estuvo en Nueva York descubrió la música afroamericana y comprendió el derecho de ésta a formar parte de la identidad musical estadounidense. Lo mismo había hecho ya con la música checa, al incluirla en sus obras.

Su sinfonía Desde el nuevo mundo evoca la vastedad del lejano oeste, la indómita naturaleza que en Europa había sido domesticada hacía mucho, el exotismo de una cultura indígena con sus tótems y leyendas propias, la majestuosidad del Gran Cañón. La magnificencia de la riqueza cultural propia de las tierras que reciben andantes de todo el mundo.

Algunos hombres viven la inspiración al mismo ritmo en que la vida se despliega. Otros, al buscar la inspiración se perciben en una época y lugar equivocados; es el caso de Mahler quien nació en 1860, y desde su infancia desarrollaría un permanente sentimiento de exilio. Como alguna vez dijo de sí mismo: “siempre un intruso, nunca bienvenido”.

La vida de Mahler fue una constante lucha contra los obstáculos; los demás directores lo consideraban arrogante; irritaba a las autoridades de los teatros para los cuales trabajaba; los músicos lo encontraban dictatorial y déspota: Aún así, es considerado uno de los mejores directores de orquesta de la historia. No conocía descanso, ni error que no pudiera supe- rarse con la práctica; incluso si eso parecía obsesión, estaba dispuesto a ensayar mil veces y una más.

Mahler fue valorado en su tiempo más como director que como compositor. Hoy es uno de los más grandes y originales sinfonistas que ha existido. Uno de los músicos que anunciaron y presagiaron, de la manera más lúcida y consecuente, las contradicciones que definirían el desarrollo del arte musical a lo largo del siglo XX.

Hay un dicho que dice: “Qué contarían estas paredes si pudieran hablar.” De esta casona sería interesante imaginar que podrían decir sus paredes de todas las negociaciones y acuerdos, que presenciaron a partir de 1860. En ese año los hermanos doña Clara y don Francisco Campero la vendieron al ex gobernador del estado de Puebla, general Cosme Furlong, quien la arrendó a don Julio Ziegler. Activos personajes en la historia de la ciudad: don Cosme, general de brigada y protagonista de sucesos trascendentes; don Julio, comerciante en el ámbito de ferrocarriles, tranvías y compraventa de inmuebles poblanos. De ambos se hablaba mucho en la época.

Durante los dos años siguientes, el país vivió una tensa calma hasta que, tras una serie de desencuentros diplomáticos, se desencadena la invasión francesa de 1862. Esto da lugar a la batalla del 5 de Mayo en los cerros de Loreto y Guadalupe, en las cercanías de la ciudad de Puebla. Ahí, el ejército mexicano, al mando de Ignacio Zaragoza, obtendrá una victoria importante sobre el ejército francés, dirigido por el conde de Lorencez. Pese a sus fuerzas inferiores, los mexicanos vencieron a uno de los ejércitos más experimentados y respetados de la época. En el mismo año que Francia invadía Puebla, Debussy invadía Francia para regalarnos algún día toda la ternura atesorada en su , la sensualidad líquida de sus y la liberación de la disonancia, mejor conocida como Preludio a la siesta de un fauno.

Debussy subversivo y rebelde, ofrece formas sonoras cercanas a la improvisación que juguetea con aire místico y oriental. Con él se iniciaría un camino desconocido pero lleno de hedonismo sonoro, de libertad melódica e intuición desbordada, tanto así que hay quienes consideran que éste es el inicio de la música moderna. Las paradojas tienen el encanto de lo inexplicable, Debussy, nuestro guía por de lo imprevisto y desbocado, retrata a en una ópera. El finlandés Sibelius, nacido en , temiendo de la modernidad, invita a su para que nos convenza de las bondades de la estructura. Una misma historia convocada por dos genios que florecen precisamente en sus diferencias.

La música de Sibelius es fundamental para la formación de la identidad finlandesa. Cada una de sus sinfonías lo llevó un poco más allá en su desarrollo personal como compositor; la mayor parte de su trabajo está inspirado en el , el famoso poema épico que compendia la mitología finlandesa.

No menos esotérico y espiritual pero con una perspectiva diferente, Holst puede ser considerado como el más integral de los compositores en cuanto a su enfoque del misticismo humano. Para él todas las religiones son una especie de camino directo o indirecto hacia la expresión musical. Entre otras piezas, escribió Savitri, tomado del Rig Veda, de una extraordinaria sutileza expresiva. Beni Mora inspirada en los sonidos musulmanes de la tierra algeriana y una de las piezas más personales de Holst. Su obra más conocida, Los planetas, está inspirada en una especie de reflexión basada en su propio horóscopo, donde cada planeta tiene un carácter distintivo y ninguno roba color o matiz al otro. Finalmente, el Himno de Jesús toma inspiración en el evangelio apócrifo de San Juan.

La historia, algunas veces, se mueve al impulso de los extremos, o con la energía acumulada de los iguales. La música no es la excepción; sobre todo si pensamos que los músicos, en tanto humanos absorben lo que ocurre en su entorno y, con su particular sensibilidad y a través de su expresión artística, son un poderoso reflejo del sentir y pensar de la humanidad.

Después de Holst, un hombre que vinculó buena parte de su obra a la espiritualidad, fue Ravel, nacido en Francia en 1875, un ateo que pidió expresamente que en su entierro no hubiera ceremonia religiosa de ningún tipo. A pesar de ello, al oír Los juegos del agua es difícil no preguntarse cómo puede reproducirse el sonido del agua cayendo en diminutos hilos de plata sin poseer una cualidad divina. O cómo puede transmitirse la sensación de consuelo de un abrazo que conforta desde los acordes de la Pavana para una infanta difunta, si no se creyera que el cielo existe. Y es que Ravel era un hombre muy espiritual. Y quizás, sin saberlo, su religión era la música.

La originalidad del lenguaje musical de Ravel es notable; no se puede considerar como absolutamente modernista o impresionista. Al igual que Debussy, siempre se rehusó a ser llamado impresionista porque consideraba que esa calificación estaba reservada para la pintura. Encarnó la síntesis de varios estilos un poco disparatados para luego alcanzar un estilo maduro y particular. Como Viñes lo describió: “Él es ante todo, muy complicado, porque tiene una mezcla de catolicismo propio de la Edad Media y un toque de satánica impiedad, pero también hay un gran amor por el arte y la belleza, que lo guían y lo llevan a reaccionar en una forma muy inocente”. Es poco probable encontrar palabras que puedan describir mejor la esencia del espíritu musical de Ravel, hombre discreto, reservado, y poco dado a la exhibición.

Retomando la idea de la energía acumulada de los iguales, Ravel, de madre española, se inspira en la tierra materna para crear el sonido de su Hora Española y de su famoso Bolero. Dvorak busca, a través de los sonidos de sus ancestros, impulsar el nacionalismo musical. Bartók, nacido en 1881, e inspirado por Ravel, decide llevar la búsqueda aún más allá y se dedica en sus años mozos a viajar a través de las zonas campesinas del antiguo Imperio Austro-Húngaro, re- colectando e investigando la música típica húngara, lo cual le permitió llevar a cabo sorprendentes hallazgos. Su descubrimiento más importante fue encontrar evidencia de que la música típica húngara que siempre había sido categorizada como gitana, estaba basada en la escala pentatónica, lo cual la acercaba y hacia similar a la música tradicional asiática, típica de las zonas de Asia Central, Anatolia y Siberia. Este fue un gran descubrimiento porque prácticamente le dió una nueva carta de ciudadanía a la música de su país.

Bartók refleja dos tendencias que cambiaron drásticamente el sonido musical del siglo XX, la ruptura con el sistema de armonía diatónica, usado por los compositores durante los últimos doscientos años, y el renacimiento del nacionalismo como fuente de inspiración musical. En esa búsqueda de sonidos autóctonos cercanos a la espontaneidad humana, Bartók experimentó con música algeriana y turca. Durante varios años, refugiándose de la Segunda Guerra Mundial, trabajó en la Universidad de Columbia en la investigación y recuperación de música tradicional de Serbia y Croacia.

En la búsqueda de sonidos, ya iniciada por Dvorak y Bartók, Stravinsky avanza un paso y de la mano de Sergei Diaghilev incorpora el ballet. La danza y los trajes evocan a Rusia, sus leyendas y cultura. La obra de Stravinsky es muy extensa, pero son tres las obras que pueden ser consideradas como hermosas muestras de la unión entre música y ballet, El pájaro de fuego, Petrushka y El rito de la consagración de la primavera.

En forma magistral, Stravinsky logra mantener desorientado al oyente con cambios frecuentes e impredecibles acentos. La coreografía refleja esos saltos reiterados y los cambios de armonía. Por estas razones, se considera a La Consagración como el icono de la música clásica del siglo XX.

En 1881 don Tomás Furlong Pisccietto, hijo de don Cosme, vendió la casona a don Antonio Rosales y a don José Dorenberg para que establecieran la mercería La sorpresa, empresa de la sociedad Rosales y Dorenberg. En 1885 don Antonio adquirió la casa para él solo, pero la muerte lo sorprendió y, tanto la casona como la mercería, terminaron siendo propiedad de don José Dorenberg en 1886.

En la Exposición Universal de París en 1889, durante la conmemoración del centenario de la toma de la Bastilla, Debussy escuchó por primera vez la música de Gamelán, interpretada por un conjunto proveniente de Java. Esa experiencia marcó a una generación de músicos en términos de innovación; entre ellos, el estadounidense Cage.

Los poblanos son poco dados a vivir en el enojo. A pesar de haber estado en guerra con Francia treinta años antes, no tenían problemas para hacer negocios con oriundos de esa nación. Así, don José Dorenberg, quien fue propietario de la casa durante sólo nueve años, se la vendió en 1895 a Lions Hermanos, sociedad de franceses provenientes de La Barcelonnette. En 1896, Lions la vendió a don Pedro Tremari. En 1903 don Antonio Gavito se la compraría a este último.

Así como los franceses celebraron la toma de la Bastilla con una Exposición Universal que incluía la Torre Eiffel, los mexicanos rememoraron su Independencia con otra revolución. Aquiles Serdán es designado por Madero para encabezar en Puebla la rebelión contra la reelección de Porfirio Díaz. La batalla entre policías y rebeldes duró casi cinco horas y al término de ella habían muerto Máximo y todos los rebeldes que estaban en la azotea de la casa. Aquiles decidió esconderse en el sótano de una habitación. En ese sitio permaneció durante las siguientes catorce horas. Alrededor de las dos de la mañana se escucharon varios disparos provenientes del área del comedor de la casa y al llegar encontraron a un hombre muerto. Cuando se encendieron las luces, se dieron cuenta de que era Aquiles Serdán.

En los siguientes años imperó en Europa la “Paz Armada” que desembocó, en 1914, en la Primera Guerra Mundial. El mundo se sentía diferente y las fuentes de inspiración brotaban de manera diferente también. Pareciera que los hombres del nuevo siglo tuvieran la capacidad de ver cosas nuevas, o quizás de ver las mismas cosas de siempre pero con una visión inédita.

Hombres nuevos que veían lo antiguo con ojos recién abiertos. El francés Messiaen, que buscó inspiración en Japón, Grecia, la India, el gamelán indonesio y el catolicismo, solía decir que percibía colores cuando oía ciertos acordes. Y que la combinación de esos colores era fundamental en su proceso compositivo; siempre, claro está, en una mezcla con el canto de los pájaros, sempiternos invitados de honor en su inspiración.

Cage, pionero en la indeterminación, en el uso de instrumentos no tradicionales, hace lo impensable y parece que convoca al silencio como su protagonista en su obra 4'33". No se trata sólo de un ejercicio de falta de sonido sino de una celebración de la vida que discurre en frecuencias tan bajas que el cerebro olvida percibir y el espíritu disfrutar. Mientras que en Estonia, Pärt le da sonido a la sencillez, bien a través del tañer de campanas, o de la simplicidad de las armonías musicales, de las notas ingenuas, sin adorno, que no cambian de tiempo. Su inspiración aflora, quizá, de lo sagrado de la liturgia ortodoxa; su música acaricia el lugar del espíritu donde reside la necesidad humana de anhelar, más allá del tiempo y del espacio.

En 1932, mientras Messiaen estrenaba en París su obra Cuatro meditaciones sinfónicas, en Puebla doña María Concepción Gavito Noriega heredaba la casona de su padre, don Antonio Gavito. La conservaría bajo su dominio hasta 1947, cuando la enajenó a favor de don Guillermo Vigil Escalera. No hacía mucho, Cage había estrenado su Música para Marcel Duchamp.

A partir de 1947 nuestra casona ha permanecido en manos de la familia Vigil Escalera. Primero fue propiedad de don Guillermo; a su muerte, en 1958, la heredó doña Concepción y, a la muerte de ésta en 2004, la heredaron sus hijas Concepción y Rosario, actuales propietarias, dos mujeres vitales, fuertes y hermosas, de charla cálida y risa fácil.

Nuestros músicos caminaban y buscaban, Beethoven solía deambular mirando al piso, quizás indagando el por qué de su sordera. Brahms caminaba buscando niños para regalarles caramelos; Holst para encontrar la libertad de su pecho; Liszt lo hacía en Weimar, Budapest y Roma buscando a quién entregarle su sabiduría.

Hago una breve parada para honrar a mis muy personales compañeros de viaje: los músicos, cómplices reconciliadores; el Andante, locura creativa en tres actos con dos intermezzos de ternura; y Puebla, energía sanadora y protectora que me adopta. Junto a estos maestros de travesía, después de obtener el pasaporte para ir al sentir, al soñar y al crear, encontré no sólo lo que quería sino también lo que sin saber necesitaba; he aquí los regalos con los que se queda mi espíritu.

Quinientos años de música sacra y profana, historias de amor, ritos y mitos, ensoñaciones, colores y texturas, danza y poesía. Una armonía hermosamente soñada, compuesta, ejecutada y dirigida por hombres maravillosos e imperfectos que también amaron; fueron felices o miserables; vivieron la claridad o la oscuridad de la incertidumbre; fueron padres, hijos, amigos, amantes; rieron; lloraron; se emborracharon, y rozaron la locura. Pero sobre todo, y ante todo, siguieron el imperativo de su corazón: fueron músicos... y andantes.

El Hotel Andante, dueño de un lugar macerado durante 475 años, custodio y amalgama perfecta entre historia y presente, refugio placentero para viajeros, calidez lúdica para los amantes, descanso reflexivo que acompaña al gozo de rendirse ante las sensaciones. Andante, espacio de encuentro donde los nacidos —o forjados— andantes recordarán que cuando más se disfruta volver, es cuando estando lejos se soñó con el regreso.

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A diet traditionally followed in Greece, Crete, southern France, and parts of Italy that emphasizes fruits and vegetables, nuts, grains, olive oil.

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